Las campanas de la Catedral volvieron a llamar a los fieles. Afuera, la ciudad seguía su ritmo entre la final de la copa del
mundo y el ruido del tráfico, la violencia que aún lastima a muchas familias y la incertidumbre cotidiana. Adentro, el silencio preparaba el corazón para escuchar una de las parábolas más incómodas del Evangelio: la del trigo y la cizaña.
Monseñor Ramón Castro Castro no habló de una Iglesia encerrada entre muros. Habló de una sociedad herida, donde el bien y el mal conviven todos los días. Su reflexión fue una invitación a mirar primero el propio corazón antes de señalar al vecino, al gobernante, al delincuente o al adversario político.
Porque la cizaña no sólo crece en los campos; también germina en la indiferencia, en la corrupción aceptada como costumbre, en la mentira compartida sin escrúpulos, en el odio que divide familias y en la violencia verbal que poco a poco termina destruyendo comunidades enteras.
En ese contexto, la imagen de los nueve seminaristas que concluyeron su formación adquirió un profundo significado. Antes de enviarlos a servir, la Iglesia recordó una verdad esencial: Dios primero forma el corazón y después envía las manos. No basta hacer cosas buenas; es necesario tener un corazón transformado por Cristo para que el servicio no se convierta en protagonismo, interés o poder.
La teología del Evangelio de este domingo rompe con la lógica de la venganza. Los trabajadores del campo querían arrancar inmediatamente la cizaña. Dios, en cambio, espera. No porque tolere el mal, sino porque cree en la posibilidad de la conversión. Esa paciencia divina es una oportunidad para cambiar antes de que llegue el tiempo de la cosecha.
Pero esa paciencia no debe confundirse con pasividad.
Esperar en Dios no significa acostumbrarse a la violencia, resignarse a la injusticia o permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los demás. Significa combatir el mal sin convertirnos en aquello mismo que condenamos. Significa responder al odio con verdad, a la corrupción con honestidad y a la desesperanza con obras concretas de solidaridad.
Morelos necesita esa reflexión.
Necesita ciudadanos que dejen de sembrar división desde las redes sociales. Necesita servidores públicos que comprendan que el cargo es un servicio y no un privilegio. Necesita familias que vuelvan a dialogar, jóvenes que descubran que su vida tiene un propósito y comunidades capaces de reconstruir la confianza que durante años se ha ido perdiendo.
La homilía de este domingo no fue un discurso para llenar una hora de misa. Fue un llamado a examinar la conciencia.
Porque es fácil pedir que Dios elimine la cizaña del mundo; lo difícil es permitir que arranque la que ha echado raíces en nuestro propio corazón.
Al finalizar la celebración, la oración por los nuevos seminaristas fue también una oración por toda la sociedad. Que ellos sean pastores según el corazón de Cristo, pero que también los fieles comprendan que la transformación de Morelos no comenzará únicamente en las oficinas públicas o en los tribunales, sino en cada persona que decida vivir el Evangelio con autenticidad.
La cosecha de un pueblo siempre depende de lo que cada día decide sembrar. Y quizá esa fue la gran enseñanza de este domingo: Dios sigue esperando encontrar trigo donde muchos ya sólo alcanzan a ver cizaña.










