Mientras el eco del Mundial se desvanece, en la Catedral de Cuernavaca el obispo Ramón Castro recordó que el verdadero encuentro se juega todos los días entre la justicia, la esperanza y el dolor de miles de familias.
Por Roberto Albarrán
Las campanas de la Catedral rompieron el silencio del mediodía. Poco a poco, las bancas se fueron llenando de familias, adultos mayores, jóvenes y niños que acudieron a la celebración del XV Domingo del Tiempo Ordinario. Afuera, el país seguía comentando la eliminación de México del Mundial; adentro, el balón dejó de rodar para dar paso a una reflexión mucho más profunda.
No hubo gritos de gol, ni cánticos de estadio. Sólo el murmullo de los fieles y la voz pausada de Monseñor Ramón Castro Castro, quien convirtió el fenómeno deportivo más importante del planeta en una invitación a mirar una realidad que, para miles de mexicanos, nunca termina cuando suena el silbatazo final.
El obispo no habló de tácticas, jugadores ni resultados. Habló de un país que, durante unas semanas, volvió a encontrarse consigo mismo.
Recordó las plazas abarrotadas, las pantallas gigantes, las familias reunidas frente al televisor, los abrazos espontáneos entre desconocidos y esa emoción compartida que hizo desaparecer, aunque fuera por noventa minutos, las diferencias políticas, económicas y sociales.
“Eso significa que México todavía sabe caminar unido”, expresó.
La frase quedó suspendida en el aire.
Entonces vino el giro de la reflexión.
¿Dónde queda esa unidad cuando una madre sale cada mañana a buscar a su hijo desaparecido? ¿Dónde están esos miles de mexicanos cuando una familia llora a una víctima de la violencia o cuando una comunidad entera vive bajo el miedo?
La Catedral permanecía en silencio.
Cada palabra parecía encontrar eco entre las columnas del antiguo recinto religioso.
Para Ramón Castro, el Mundial dejó una enseñanza que va mucho más allá del futbol. Demostró que los mexicanos conservan la capacidad de unirse cuando existe una causa común. Lo verdaderamente preocupante, dijo sin decirlo explícitamente, es que esa fuerza colectiva pocas veces aparece cuando el motivo es el dolor ajeno.
Con serenidad, pero también con firmeza, dirigió su mirada hacia uno de los rostros más dolorosos del México contemporáneo: las madres buscadoras.
Mujeres que han cambiado las fotografías familiares por picos, palas y varillas. Que recorren cerros, barrancas y fosas clandestinas siguiendo una esperanza que muchas veces sobrevive únicamente gracias a ellas.
“Esa capacidad de caminar unidos debe convertirse en solidaridad con las madres buscadoras”, pidió el obispo.
No fue una consigna política.
Fue un llamado moral.
Porque mientras millones celebraban un gol, otras miles de mujeres seguían buscando un nombre entre la tierra.
Mientras el país discutía alineaciones y arbitrajes, cientos de familias continuaban esperando una llamada que nunca llega.
Y mientras el Mundial lograba detener la rutina nacional durante unas horas, la violencia seguía jugando tiempo extra.
La homilía también alcanzó a quienes viven atrapados por la pobreza, a las familias desplazadas por la inseguridad y a todas aquellas personas para quienes la paz sigue siendo un anhelo lejano.
El Evangelio, recordó, invita precisamente a eso: a salir de la comodidad, mirar al otro y convertir la fe en compromiso.
Antes de concluir la celebración, el obispo elevó una oración por el pueblo venezolano, golpeado recientemente por los terremotos. Pidió consuelo para las familias que perdieron a sus seres queridos y fortaleza para quienes intentan reconstruir su vida entre los escombros.
La misa terminó.
Los fieles comenzaron a abandonar lentamente la Catedral.
Afuera ya no había pantallas gigantes ni camisetas verdes ondeando al viento. Sólo el bullicio cotidiano del Centro de Cuernavaca.
Sin embargo, la reflexión permanecía.
Quizá el problema nunca fue que México quedara eliminado del Mundial.
Quizá el verdadero desafío sea descubrir si esa misma pasión que hizo vibrar al país durante unas semanas puede convertirse en solidaridad permanente con quienes viven el dolor todos los días.
Porque los campeonatos duran un verano.
La búsqueda de los desaparecidos lleva años.
Y el partido por la justicia, la paz y la dignidad humana sigue sin conocer el silbatazo final.
Mons. Ramón Castro Castro
Arquidiócesis Primada de México
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