“ALGO ANDA MUY MAL”: OBISPO DE CUERNAVACA SACUDE CONCIENCIAS ANTE LA VIOLENCIA, CORRUPCIÓN Y RUPTURA SOCIAL

Ramón Castro Castro convirtió la homilía dominical de este 4 de octubre en una severa radiografía del país: asesinatos, corrupción, familias fracturadas e indiferencia son, advirtió, los “frutos amargos” de una sociedad que corre el riesgo de acostumbrarse a vivir entre la violencia.

No habló únicamente de fe. Habló de muertos, de corrupción, de familias rotas, de indiferencia y de una sociedad que parece haber aprendido a despertar todos los días entre noticias de violencia sin preguntarse suficientemente qué está ocurriendo en sus entrañas. Desde la Catedral de Cuernavaca, el obispo Ramón Castro Castro lanzó este domingo 4 de octubre una de sus reflexiones más severas: “algo anda muy mal en nuestra sociedad”.

La frase cayó con fuerza porque no fue pronunciada en el vacío. El prelado llevó hasta su homilía el dolor provocado por los recientes hechos de violencia registrados en Torreón, Coahuila, donde, de acuerdo con lo señalado durante la celebración religiosa, dos adolescentes privaron de la vida a una subdirectora e hirieron a otras personas. Castro Castro expresó su solidaridad con las víctimas y sus familias, pero su mensaje fue mucho más lejos del pésame. Colocó el episodio como síntoma de una enfermedad social mucho más profunda.

¿Qué está ocurriendo para que la violencia alcance espacios que deberían representar formación, protección y futuro? ¿En qué momento una sociedad comienza a producir escenarios donde la vida humana pierde valor? ¿Qué estamos sembrando para terminar cosechando asesinatos, corrupción, odio, miedo y familias fracturadas?

Ésa fue, en el fondo, la sacudida de la homilía.

Castro Castro habló de los “frutos amargos” que hoy ofrece la sociedad y puso nombre a varios de ellos: homicidios, corrupción, desintegración familiar y violencia. No se trató solamente de enumerar problemas nacionales, sino de cuestionar el origen de una realidad que parece repetirse hasta el cansancio. Porque cada asesinato tiene una víctima, pero también una familia marcada; cada hecho de corrupción erosiona instituciones; cada hogar fracturado puede dejar heridas que se multiplican y cada episodio violento que se normaliza debilita un poco más la capacidad colectiva de indignarse.

El obispo colocó además el derecho a la vida en el centro de su reflexión. Cuando una persona es asesinada injustamente, señaló, no se destruye únicamente una existencia. Se agrede la dignidad humana y se provoca una herida que alcanza a toda la comunidad. De ahí una de las frases más contundentes de su mensaje: “somos un solo cuerpo y lo que a ellos les sucede nos tiene que doler”.

Ahí está quizá el verdadero fondo de la advertencia.

El problema de México no comienza solamente cuando se dispara un arma, cuando ocurre un asesinato o cuando una familia recibe una llamada que cambia su historia para siempre. También comienza cuando la violencia deja de provocar sorpresa; cuando un homicidio se convierte simplemente en un número; cuando la corrupción se justifica porque “todos lo hacen”; cuando la desintegración familiar es observada como un problema privado y cuando el sufrimiento de otros deja de sentirse cercano.

Una sociedad también se deteriora por indiferencia.

Por eso la homilía de este domingo tuvo una dimensión que rebasó los muros de la Catedral. Castro Castro no colocó toda la responsabilidad únicamente en delincuentes o autoridades. Su planteamiento involucró a la sociedad completa. Padres de familia, escuelas, instituciones, gobiernos, comunidades, iglesias y ciudadanos forman parte de un mismo tejido y cuando alguna de esas fibras se rompe durante demasiado tiempo, las consecuencias terminan apareciendo en las calles.

La tragedia de Torreón, bajo esta lectura, deja de ser únicamente una noticia ocurrida a cientos de kilómetros de Morelos. Se convierte en espejo. En advertencia. En una pregunta incómoda para cualquier comunidad que crea que la violencia solamente pertenece a otros lugares.

Morelos conoce perfectamente el significado de vivir bajo la sombra de la inseguridad. Conoce las familias que esperan respuestas, el miedo que modifica rutinas, el comercio que baja cortinas, las comunidades que han aprendido a desconfiar y la sensación de vulnerabilidad que aparece cuando la violencia logra instalarse en la vida cotidiana. Por eso las palabras del obispo adquirieron un significado especial: el peligro mayor aparece cuando el miedo termina convirtiéndose en costumbre.

Y acostumbrarse sería la derrota.

Acostumbrarse a los asesinatos.

Acostumbrarse a la corrupción.

Acostumbrarse a que una familia sea destruida.

Acostumbrarse a mirar hacia otro lado.

Porque cuando una sociedad deja de indignarse frente al sufrimiento, la violencia gana mucho antes de cualquier estadística.

Castro Castro pidió sustituir los “frutos amargos” por “frutos dulces y buenos”, una expresión sencilla que encierra una exigencia mucho más compleja: recuperar la paz, fortalecer la justicia, reconstruir familias, recuperar la solidaridad y volver a reconocer el valor de cada vida humana.

Pero construir paz no significa solamente pronunciar discursos después de una tragedia. Implica intervenir antes de que ocurra. Significa detectar a tiempo la violencia dentro de los hogares, atender a los jóvenes, fortalecer la educación, combatir realmente la corrupción, reconstruir comunidades y evitar que el abandono, el resentimiento y el odio encuentren terreno fértil.

La paz tampoco puede quedar exclusivamente en manos del gobierno. Ésa fue otra de las lecturas más fuertes de la homilía. Una sociedad que exige seguridad también tiene que preguntarse qué está haciendo desde casa, desde la escuela, desde el trabajo y desde su propia comunidad para impedir que la violencia siga reproduciéndose.

El obispo de Cuernavaca no presentó una fórmula sencilla. Hizo algo quizá más incómodo: colocó un espejo frente a la sociedad.

Y el reflejo no fue agradable.

México aparece frente a ese espejo con familias heridas, víctimas que exigen justicia, instituciones cuestionadas, corrupción y una violencia que ha logrado penetrar espacios que alguna vez parecieron intocables. Frente a ello, Castro Castro llamó a rechazar la indiferencia y recuperar el sentido de comunidad.

Porque cuando una madre pierde a un hijo, cuando un estudiante pierde a un maestro, cuando una familia pierde a uno de sus integrantes o cuando cualquier persona es privada injustamente de la vida, el daño no debería terminar en la puerta de esa casa.

“Somos un solo cuerpo”.

La frase resume el llamado de este domingo.

La homilía terminó, pero dejó abierta una pregunta mucho más difícil que cualquier respuesta religiosa o política: ¿qué estamos sembrando como sociedad para estar cosechando tanta violencia?

Y quizás la advertencia más dura sea ésta: los “frutos amargos” no aparecen de un día para otro. Se cultivan durante años con corrupción tolerada, familias abandonadas, violencia normalizada, impunidad, odio e indiferencia.

Después viene la cosecha.

Y entonces todos preguntan qué salió mal.

Este domingo, desde la Catedral de Cuernavaca, Ramón Castro Castro respondió con una frase breve, pero demoledora:

“ALGO ANDA MUY MAL EN NUESTRA SOCIEDAD”.

La verdadera pregunta es si México seguirá acostumbrándose a ello o finalmente decidirá cambiar lo que está sembrando.