Las campanas de la Catedral de Cuernavaca llamaron este domingo a misa, pero casi al mismo tiempo, a unos metros del templo, otro llamado estremecía las calles de la capital morelense: el de las familias que siguen buscando a sus desaparecidos y que, una vez más, salieron a exigir justicia, verdad y una identificación digna para quienes han sido encontrados sin vida.
La escena tuvo un fuerte contraste. Mientras en el interior del recinto religioso se escuchaba la palabra del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, afuera avanzaban familiares con fotografías, nombres y rostros de personas ausentes. Dos expresiones distintas, pero unidas por una misma preocupación: la violencia y sus consecuencias sobre las familias.
Durante su homilía dominical, Ramón Castro puso sobre la mesa parte de los temas que serán abordados en la reunión que sostiene en Cuernavaca con representantes de la Iglesia católica de México, Estados Unidos y Canadá. El encuentro busca compartir experiencias y preocupaciones de una región que enfrenta problemas que cruzan fronteras, entre ellos la violencia, la corrupción y la migración, fenómenos que terminan impactando directamente la vida de miles de familias.
El mensaje del obispo ocurrió precisamente cuando las calles de Cuernavaca eran ocupadas por quienes viven una de las expresiones más dolorosas de esa realidad. Familias de personas desaparecidas marcharon para denunciar lo que consideran una grave crisis forense en Morelos y reclamar a las autoridades resultados concretos en la búsqueda e identificación de sus seres queridos.
La coincidencia no pasó inadvertida. Dentro de Catedral, las lecturas de este XXII Domingo del Tiempo Ordinario hablaban de la dificultad de mantenerse fiel a la verdad aun cuando hacerlo implique sufrimiento. La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, presenta a un hombre que se siente perseguido y cuestionado por anunciar aquello que otros no quieren escuchar. El Evangelio de san Mateo lleva todavía más lejos esa reflexión: Jesús anuncia a sus discípulos que deberá padecer y morir, y posteriormente les habla de tomar la cruz y seguirlo.
En medio de esa palabra religiosa, afuera del templo aparecía otra imagen de la cruz, una que no está escrita únicamente en las páginas del Evangelio, sino en las fotografías que sostienen las familias buscadoras, en las carpetas de investigación y en los años de espera.
Porque para quienes buscan a un hijo, a una madre, a un hermano o a cualquier ser querido desaparecido, la ausencia no tiene horario ni termina cuando concluye una marcha. Es una herida que permanece abierta y que se alimenta de preguntas sin respuesta.
La movilización de este domingo partió de la zona de El Calvario y avanzó por calles de Cuernavaca hasta llegar al área del Palacio de Gobierno, donde se encuentra el memorial dedicado a las víctimas de la violencia. Los colectivos reclamaron a las autoridades que continúen las investigaciones y que se localice a las personas desaparecidas, con vida o sin ella, pero siempre con verdad y dignidad.
Uno de los reclamos más fuertes estuvo relacionado con la crisis forense. Los familiares han denunciado la existencia de cientos de cuerpos que han sido exhumados y que requieren procesos científicos adecuados para lograr su identificación y devolverles un nombre, una historia y, sobre todo, la posibilidad de regresar con sus familias.
En ese punto, el reclamo deja de ser solamente una exigencia administrativa. Detrás de cada cuerpo existe una persona y detrás de cada persona existe una familia que espera. Por eso los colectivos han insistido en que la identificación debe realizarse con métodos científicos y con respeto absoluto a la dignidad humana.
Mientras las familias avanzaban por las calles, en Catedral continuaba la celebración religiosa. El mensaje del Evangelio hablaba de la cruz y del costo de seguir un camino de verdad y de justicia. Afuera, las familias demostraban que hay cruces que no se eligen, pero que se cargan todos los días.
La presencia de los obispos de México, Estados Unidos y Canadá añadió otro significado a la jornada. La reunión episcopal coloca a Cuernavaca como punto de encuentro para hablar de problemas que afectan a toda la región norteamericana. Violencia, corrupción y migración no conocen fronteras, y sus consecuencias alcanzan tanto a comunidades mexicanas como estadounidenses y canadienses.
Para Morelos, sin embargo, esos grandes conceptos tienen rostros muy concretos. La violencia tiene nombres. La desaparición tiene fotografías. La impunidad tiene familias que llevan años esperando. Y la crisis forense tiene cuerpos que todavía esperan recuperar su identidad.
Así transcurrió este domingo en Cuernavaca: entre campanas y consignas, entre la palabra pronunciada desde el altar y los reclamos lanzados desde la calle, entre quienes acudieron a escuchar el Evangelio y quienes salieron a exigir que la justicia también escuche.
La Catedral fue, por unas horas, el escenario de dos realidades que terminaron encontrándose en un mismo punto. Adentro, la Iglesia reflexionó sobre la cruz y los desafíos de una sociedad marcada por la violencia; afuera, las familias recordaron que esa violencia no puede reducirse a cifras ni discursos porque tiene nombres, rostros y ausencias.
Y cuando las voces de los manifestantes comenzaron a mezclarse con el movimiento habitual de un domingo en el centro de Cuernavaca, quedó flotando una pregunta que va más allá de cualquier homilía o marcha: ¿cuánto tiempo más tendrán que esperar las familias para conocer la verdad sobre sus desaparecidos?
Este domingo, la respuesta volvió a quedar pendiente.
Las campanas dejaron de sonar, la marcha continuó su camino y las fotografías regresaron a las manos de quienes las cargan como una forma de mantener presentes a quienes todavía buscan.
En Cuernavaca, la fe terminó su celebración.
La búsqueda, en cambio, no termina.










