Entre velas, plegarias y lágrimas: la Virgen María abraza la fe de Cuernavaca

Por Roberto Albarran

Las veladoras encendidas parecían pequeñas luces de esperanza. En los rostros de los fieles había silencios, plegarias y recuerdos. Algunos llegaron con las manos juntas; otros, con la mirada clavada en la imagen de la Virgen María. Todos llevaban algo que pedir, algo que agradecer o, simplemente, algo que entregar.

En ese ambiente de fe, la Catedral de Cuernavaca cerró la fiesta patronal dedicada a la Virgen María. Y desde el altar, el obispo Ramón Castro Castro convirtió la homilía en una reflexión que fue más allá de las palabras: habló de las madres, de las abuelas, de quienes rezan en secreto y de aquellos que, aun con el corazón cansado, siguen esperando una respuesta de Dios.

LA FE TIENE ROSTRO DE MUJER

“La fe llega con rostro de mujer”, expresó el obispo.

Y alrededor de la Catedral esa frase parecía cobrar vida.

Está en la madre que guarda en su bolso una estampita de la Virgen. En la abuela que conoce de memoria las oraciones. En la mujer que prende una vela cuando uno de sus hijos enfrenta un problema. En aquella que, cuando ya no encuentra palabras, simplemente se arrodilla y reza.

Para Ramón Castro, ellas son muchas veces la primera escuela de la fe.

Antes del catecismo, antes de los libros y antes de comprender los grandes misterios religiosos, muchos aprendieron a creer mirando a una mujer de su familia.

Una madre.

Una abuela.

Una madrina.

Una mujer que enseñó que, cuando la vida aprieta, todavía queda una puerta que tocar.

MARÍA, LA MADRE QUE ENSEÑA A CONFIAR

En la celebración dedicada a la Virgen María, la figura de la Madre de Dios apareció como el corazón de una enseñanza: confiar incluso cuando no se comprende.

El obispo recordó el Evangelio dominical y habló de aquella mujer que acudió a Jesús por su hija. No tenía títulos religiosos ni pertenecía al pueblo elegido, pero tenía algo que terminó convirtiéndose en una lección para todos: una fe capaz de insistir.

Y quizá por eso el mensaje encontró eco entre los fieles.

Porque en las iglesias hay muchas personas que también llegan con nombres en el corazón.

El nombre de un hijo.

El nombre de un enfermo.

El nombre de alguien que se fue.

El nombre de una familia que necesita reconciliarse.

Nombres que se pronuncian en voz baja frente a una imagen de la Virgen.

CUANDO LA RESPUESTA NO LLEGA

Ramón Castro habló entonces de uno de los momentos más difíciles de la fe: cuando Dios parece guardar silencio.

Porque hay oraciones que se repiten durante meses.

Hay lágrimas que nadie ve.

Hay familias que siguen esperando.

Hay madres que no dejan de pedir por sus hijos.

Y hay personas que alguna vez, agotadas, se preguntan si vale la pena continuar.

El obispo fue directo: creer no significa tener el control de la vida. Significa confiar en aquel que puede llegar hasta donde nosotros no podemos.

La fe, explicó, también consiste en permanecer.

Permanecer cuando no entendemos.

Seguir creyendo cuando no vemos resultados.

Continuar tocando la puerta cuando sería más sencillo marcharse.

UNA CATEDRAL LLENA DE ESPERANZA

Así terminó la fiesta patronal.

Entre oraciones, miradas hacia la Virgen y corazones que quizá salieron de la Catedral con las mismas preocupaciones con las que llegaron, pero también con una pequeña certeza: no están solos.

La Virgen María, madre de Jesús y figura central de la celebración, volvió a convertirse para muchos en ese refugio espiritual al que se acude cuando las palabras ya no alcanzan.

Y mientras las veladoras seguían consumiéndose lentamente, quedó flotando una enseñanza sencilla, pero poderosa:

Hay momentos en que la fe no consiste en recibir inmediatamente lo que pedimos. Consiste en seguir confiando mientras esperamos.

Porque quizá eso es lo que María sigue enseñando a sus hijos:

esperar sin desesperar, amar sin condiciones y caminar con Dios aun cuando el camino todavía no muestre hacia dónde conduce.
Mons. Ramón Castro Castro