CUATRO AÑOS DESPUÉS DE CEROCahui, LAS CAMPANAS VOLVIERON A RECLAMAR JUSTICIA

En memoria de los jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora, la Iglesia llamó a no normalizar la violencia ni la indiferencia del Estado mexicano

Este 20 de junio, las campanas no sonaron para llamar a fiesta. Sonaron como duelo, como denuncia y como recordatorio incómodo para un país que sigue contando muertos, desaparecidos y comunidades heridas por la violencia.

A cuatro años del asesinato de los sacerdotes jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín César Mora Salazar, la Parroquia de la Sagrada Familia, en la colonia Roma, celebró una Santa Misa para honrar su memoria y renovar el compromiso por la paz, la verdad y la justicia.

La ceremonia no fue sólo religiosa. Fue también un acto de memoria pública frente a un Estado mexicano que no ha logrado garantizar seguridad ni justicia plena para las víctimas. En las bancas estuvieron familias buscadoras, rostros de una herida nacional que sigue abierta: madres, padres e hijas que buscan a quienes el país perdió entre fosas, caminos y silencios oficiales.

Javier Campos y Joaquín Mora fueron asesinados el 20 de junio de 2022 dentro del templo de San Francisco Javier, en Cerocahui, Chihuahua, en plena Sierra Tarahumara. Junto a ellos también fue privado de la vida el guía de turistas Pedro Palma, quien buscó refugio en la iglesia. La violencia entró hasta el altar.

Desde entonces, Cerocahui dejó de ser sólo el nombre de una comunidad serrana para convertirse en símbolo de la impunidad mexicana: sacerdotes asesinados en un templo, pueblos originarios bajo amenaza, familias desplazadas y un crimen que exhibió la fuerza del crimen organizado frente a la debilidad institucional.

Este viernes, el repique de campanas en iglesias del país volvió a recordar que la paz no se decreta desde un discurso ni se presume en estadísticas. La paz se construye con justicia, con verdad, con presencia del Estado y con protección real para las comunidades.

La misa en la Sagrada Familia fue un llamado a seguir tejiendo comunidad en medio de la violencia. Pero también fue una interpelación directa al gobierno mexicano: no basta con administrar el dolor, no basta con prometer investigaciones, no basta con nombrar la paz mientras miles de familias siguen buscando a sus desaparecidos.

En el cuarto aniversario de Cerocahui, la memoria de Javier y Joaquín volvió a levantar la voz. Y mientras las campanas sonaban, el mensaje fue claro: México no puede acostumbrarse a vivir entre cruces, balas y silencio.

Porque la paz no nace de la indiferencia. Nace de la memoria, de la solidaridad y de la exigencia de justicia.