El pericón protege las puertas; los primeros elotes se comparten con quienes partieron. En la víspera de San Miguel Arcángel, el pueblo indígena lleva al camposanto su cosecha, su fe y su memoria.
Hay caminos que se recorren con una ofrenda entre las manos y una ausencia en el pecho. El que conduce al camposanto de Coatetelco es uno de ellos. Cada 28 de septiembre, las familias lo transitan para visitar a sus muertos, llevarles los primeros frutos de la cosecha y renovar una costumbre que ha encontrado en el amor familiar su manera de permanecer.
El amarillo del pericón anuncia la fecha. Sus pequeñas flores se reúnen en cruces que las familias colocan en puertas, zaguanes, huertas y parcelas. Son cruces de distintos tamaños, hechas con la paciencia de quien aprendió mirando las manos de sus mayores. Dentro de la creencia popular, resguardan el hogar y los sembradíos contra el mal, bajo la protección de San Miguel Arcángel.
La víspera de su celebración enlaza dos devociones profundas: el agradecimiento por los alimentos que ofrece la tierra y el recuerdo de quienes ya descansan en ella.
En este municipio indígena, el maíz tiene un lugar en la mesa de los vivos y en la ofrenda de los muertos. Después de la siembra, de las lluvias esperadas y del trabajo en la parcela, llegan los primeros elotes. Con ellos se preparan los tamales y los elotes hervidos que las familias llevan al panteón. El fruto del esfuerzo cotidiano se convierte en una manera de decir gracias y de compartir.
Antes de llegar a las sepulturas, la tradición pasa por las cocinas. Está en las hojas que envuelven los tamales, en el hervor de las ollas, en el cuidado con que se apartan los alimentos destinados a la ofrenda. A ellos se suman frutas de temporada, agua y aquello que agradaba a los seres queridos cuando estaban en casa.
Recordar también consiste en conservar esos pequeños conocimientos: qué le gustaba comer a una persona, qué bebida prefería, con qué alimento se le puede rendir homenaje. Son detalles que sobreviven en la memoria familiar y que, puestos sobre una tumba, adquieren el valor de una caricia.
Este año, el presidente municipal Luis Onofre participa en la preparación y ornamentación del camino al camposanto, completamente adornado para recibir a las familias. El trayecto forma parte del homenaje: por ahí pasan los alimentos, las flores y las personas que mantienen viva una de las expresiones más significativas de la identidad de Coatetelco.
La labor de preparar ese acceso acompaña una tradición cuyo centro está en los hogares. Son las familias las que elaboran las cruces, preparan la comida y regresan a las tumbas. En sus manos descansa la continuidad de esta fecha; en sus pasos, la historia de un pueblo que vuelve cada año al lugar donde reposan sus antepasados.
Dentro del panteón, las coronas de flores y las cruces dan color a las sepulturas. El papel picado toma forma en las tradicionales “pancitas”, reconocidas en la costumbre local como el manto de la cruz. Sus pliegues acompañan las ofrendas y las velas de sebo, cuya luz representa, para quienes conservan esta creencia, una guía para las almas.
Cada tumba recibe algo de la casa a la que perteneció su difunto. Un alimento, una flor, un vaso con agua. Objetos sencillos que adquieren una hondura distinta cuando los coloca alguien que recuerda.
El huentle, la ofrenda, reúne ese vínculo entre la tierra y la familia. Compartir los primeros elotes con quienes partieron expresa una gratitud que alcanza a los antepasados: a quienes trabajaron las parcelas, alimentaron a sus hijos y transmitieron las costumbres que hoy sus descendientes repiten.
Por eso el 28 de septiembre tiene un significado propio en Coatetelco. Es el comienzo de un tiempo dedicado al recuerdo de los difuntos que se prolongará hacia noviembre. Desde la tradición comunitaria, esta visita es también una invitación anticipada para que vuelvan a compartir con los suyos.
La enseñanza ocurre en los actos. Alguien aprende a formar una cruz de pericón; alguien conoce el nombre del familiar cuya tumba visita; alguien descubre por qué se aparta una porción de la cosecha para llevarla al camposanto. Así se transmite la memoria: con una tarea compartida, una explicación, un nombre que vuelve a pronunciarse.
Mientras Luis Onofre acompaña los preparativos del camino, las familias sostienen el sentido más íntimo de la jornada. El adorno recibe a quienes llegan; la ofrenda guarda lo que cada uno trae en el corazón.
En Coatetelco, el amor encuentra dónde colocar sus recuerdos. Los acomoda junto a una cruz, entre flores y tamales de elote, al lado de una vela encendida. Y cuando llega el momento de regresar a casa, queda sobre la tumba una parte de la cosecha y una certeza profundamente humana: quien ha sido amado todavía tiene un lugar en la familia.










