Madres, familiares y colectivos recorren campos de Morelos y Guerrero con una esperanza que no se rinde: encontrar a quienes un día salieron de casa y nunca regresaron
Mientras para muchas personas el suelo es solamente tierra, para las familias buscadoras puede representar la última posibilidad de conocer la verdad, terminar con años de incertidumbre y encontrar a quien permanece ausente en la mesa, en las fotografías y en cada recuerdo familiar.
Con esa esperanza que se resiste a morir, familiares de personas desaparecidas y colectivos de búsqueda participaron en recorridos, labores de prospección y acciones de campo forense realizadas en los municipios de Jiutepec y Huitzilac, Morelos, así como en Pilcaya, Guerrero.
Cada paso sobre el terreno estuvo acompañado por una pregunta dolorosa: “¿Estará aquí la persona que llevamos tanto tiempo buscando?”
Las jornadas fueron encabezadas por la Comisión de Búsqueda de Personas del Estado de Morelos, en coordinación con instituciones de los tres órdenes de gobierno, entre ellas la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, Guardia Nacional, Secretaría de la Defensa Nacional, Agencia de Investigación Criminal, Ministerios Públicos y unidades caninas especializadas.
Pero detrás de los uniformes, los instrumentos técnicos y los trabajos de investigación se encontraba la fuerza más poderosa de estas búsquedas: la de las madres, padres, hermanas, hermanos, hijas e hijos que se niegan a permitir que sus seres queridos sean olvidados.
Con fotografías, nombres, recuerdos y una esperanza sostenida contra el dolor, las familias participaron directamente en los recorridos y en la verificación de información que pudiera contribuir al esclarecimiento de los casos.
No buscan cifras ni expedientes. Buscan a una persona con nombre, con historia y con una familia que continúa esperando su regreso.
El titular de la Comisión de Búsqueda, Óscar Alfredo Valdepeña Mendoza, señaló que estas acciones forman parte de las estrategias permanentes para atender la desaparición de personas mediante un enfoque humanitario, técnico y coordinado.
La dependencia reafirmó que continuará trabajando con autoridades, víctimas indirectas y colectivos para fortalecer las investigaciones y garantizar el derecho de toda persona desaparecida a ser buscada.
Las familias buscadoras avanzan por caminos difíciles, enfrentando el cansancio físico y la incertidumbre emocional. Sin embargo, cada recorrido representa también un acto de amor y resistencia frente al olvido.
Porque la desaparición no termina el día en que alguien deja de ser localizado. Desde ese momento comienza una espera que transforma la vida de toda una familia: noches sin dormir, llamadas que se esperan, puertas que se observan y cumpleaños marcados por una silla vacía.
Ellas no buscan restos ni estadísticas: buscan abrazar nuevamente a sus hijos, hermanos, padres o esposos; y cuando el regreso ya no sea posible, al menos llevarlos a casa, pronunciar su nombre y encontrar la verdad.
Mientras exista una familia esperando, una fotografía sostenida entre las manos y una madre dispuesta a recorrer la tierra, ninguna persona desaparecida deberá ser olvidada.
Porque el amor de quienes buscan es más fuerte que el cansancio, más profundo que el miedo y más persistente que el silencio.










