En una sociedad donde muchas familias viven entre la incertidumbre, la pobreza, la violencia y la ausencia, el obispo de Cuernavaca afirmó que la paternidad es una vocación de amor, sacrificio y testimonio; pidió a los padres guiar a sus hijos con sabiduría y confiar en Dios cuando la vida parece derrumbarse.
En medio de un Morelos golpeado por la violencia, la incertidumbre económica y la desintegración de numerosos hogares, desde el altar de la Catedral de Cuernavaca resonó este domingo una frase breve, pero profundamente desafiante:
“No tengan miedo”.
No fue una expresión pronunciada desde la comodidad ni una invitación a ignorar el sufrimiento. Fue un llamado dirigido a los padres que salen de casa sin saber si encontrarán trabajo; a quienes buscan proteger a sus hijos de la violencia; a los que enfrentan enfermedades, deudas, crisis matrimoniales o la dolorosa sensación de no poder sostenerlo todo.
Durante la misa del XII Domingo del Tiempo Ordinario, celebrada este 21 de junio de 2026, monseñor Ramón Castro Castro, XII obispo de la Diócesis de Cuernavaca, felicitó a los padres de familia y elevó una oración para que Dios les conceda fortaleza y sabiduría.
“Felicitamos a todos los papás en su día. Qué bonito que haya un día para celebrar la paternidad, para celebrar este regalo que Dios les ha dado, y orar por ustedes, que Dios les dé fortaleza y sabiduría”, expresó.
Pero su mensaje fue mucho más allá de una felicitación festiva. Frente a una comunidad reunida entre oraciones, recuerdos y silencios, el obispo presentó la paternidad como una misión que exige entrega, presencia y responsabilidad.
Ser padre, dejó claro, no consiste únicamente en llevar alimento al hogar. También significa orientar, escuchar, acompañar y enseñar con el ejemplo. Significa mantenerse firme cuando la familia atraviesa una tormenta y convertirse en refugio cuando los hijos sienten que el mundo se vuelve inseguro.
PADRES QUE TAMBIÉN TIENEN MIEDO
En muchas ocasiones, la sociedad exige que los padres sean fuertes, que no lloren, que no se cansen y que siempre tengan una respuesta. Sin embargo, detrás de cada figura paterna también existe un ser humano que duda, que se preocupa y que teme fracasar.
Hay padres que esconden la angustia de no tener dinero suficiente.
Otros guardan silencio ante una enfermedad.
Algunos enfrentan la ausencia de sus hijos, una separación, la pérdida del empleo o el dolor de sentirse incapaces de mantener unida a su familia.
También existen quienes, aun viviendo bajo el mismo techo, sienten que han perdido la comunicación con sus hijos.
A todos ellos llegó el mensaje dominical del obispo: Dios no abandona al ser humano cuando sus fuerzas comienzan a agotarse.
Ramón Castro recordó que Jesucristo repite en las Sagradas Escrituras la expresión “no tengas miedo” porque conoce las fragilidades del corazón humano. Sabe que el miedo puede paralizar, destruir la esperanza y llevar a las personas a tomar decisiones equivocadas.
“Hay muchas personas que tienen miedo al futuro, a la enfermedad, al fracaso, a la soledad, a perder a los seres que aman y a equivocarse; por eso resulta conmovedor que Jesús hoy nos diga: no tengan miedo”.
UNA PALABRA FRENTE AL DOLOR DE MORELOS
La frase adquirió un significado especial en una entidad donde miles de familias han aprendido a vivir entre noticias de asesinatos, desapariciones, extorsiones, asaltos y amenazas.
¿Cómo pedirle a una familia que no tenga miedo cuando uno de sus integrantes no regresa a casa?
¿Cómo hablar de esperanza a quienes buscan a una persona desaparecida?
¿Cómo conservar la fe cuando falta el empleo, cuando la enfermedad consume los ahorros o cuando la violencia toca la puerta?
El mensaje de la homilía no pretendió negar esas realidades. Por el contrario, colocó la fe dentro del sufrimiento humano.
“No tengan miedo” no significa que no existan peligros, pérdidas o heridas. Significa que el dolor no debe convertirse en dueño absoluto del corazón. Significa que, incluso en los momentos más oscuros, el creyente puede encontrar la fuerza para levantarse, pedir ayuda y continuar caminando.
La confianza en Dios no elimina mágicamente los problemas, pero impide que la desesperanza tenga la última palabra.
LA PATERNIDAD COMO VOCACIÓN Y TESTIMONIO
Monseñor Ramón Castro pidió que los padres sean verdaderos guías de sus familias y que enseñen a sus hijos, mediante su conducta, lo que significa ser un buen cristiano y un ciudadano responsable.
La paternidad, bajo esta visión, no es únicamente un vínculo biológico. Es una vocación de servicio.
Padre es quien permanece.
Quien escucha antes de juzgar.
Quien corrige sin humillar.
Quien sostiene sin controlar.
Quien sabe pedir perdón cuando se equivoca.
Quien enseña que la verdadera fortaleza no está en imponer miedo, sino en ofrecer seguridad, ternura y ejemplo.
En una sociedad donde muchos niños y jóvenes crecen rodeados de violencia, adicciones, abandono o falta de oportunidades, la presencia de un padre responsable puede convertirse en una barrera contra la desesperanza.
Un padre presente no resuelve por sí solo todos los problemas sociales, pero puede impedir que un hijo busque en la calle la aceptación, la orientación o el afecto que no encuentra en su hogar.
POR LOS PADRES QUE YA NO ESTÁN
Durante el Ángelus, el obispo también recordó a quienes han partido de este mundo y pidió que gocen de la paz y la gloria de Dios.
La Catedral se convirtió entonces en un espacio de memoria.
Para algunos asistentes, el Día del Padre fue una celebración acompañada de abrazos. Para otros, significó mirar una fotografía, recordar una voz o sentir con mayor fuerza el vacío de una silla que permanece desocupada.
Hay padres que continúan presentes en las enseñanzas que dejaron, en las palabras que alguna vez pronunciaron y en los valores que sembraron en sus hijos.
Desde la fe cristiana, la muerte no representa la destrucción definitiva del amor. El vínculo permanece en la esperanza de la resurrección y en la certeza de que una vida entregada nunca desaparece por completo.
DIOS ENTRA TAMBIÉN EN LOS HOGARES ROTOS
Ramón Castro exhortó a los fieles a no tener miedo cuando las cosas no salen bien dentro de la familia, cuando el matrimonio enfrenta dificultades, cuando falta el trabajo o cuando una amistad termina en decepción.
Su reflexión llevó el Evangelio hasta los hogares donde se discute, donde se ha perdido la confianza o donde las personas viven juntas, pero emocionalmente se encuentran distantes.
Dios, sostuvo el mensaje de la homilía, no habita únicamente en los templos ni está presente solamente durante las celebraciones religiosas. También entra en las casas donde hay dolor, cansancio, lágrimas y deseos de comenzar de nuevo.
La gracia de Dios se manifiesta cuando alguien decide perdonar, cuando una familia vuelve a dialogar, cuando un padre reconoce sus errores o cuando una persona encuentra la valentía para solicitar ayuda.
Confiar en Dios no significa quedarse inmóvil esperando que todo cambie por sí solo. Implica actuar con responsabilidad, reconstruir lo que se ha roto y permitir que la fe se convierta en obras concretas de amor.
LA FE NO ES CERRAR LOS OJOS
El llamado a no tener miedo tampoco debe interpretarse como una invitación a aceptar pasivamente la injusticia, la violencia o el sufrimiento.
La fe cristiana no exige cerrar los ojos ante el dolor. Exige abrirlos con mayor profundidad.
Creer significa acompañar al que está solo, defender al vulnerable, escuchar al joven que atraviesa una crisis, tender la mano al desempleado y no abandonar a quien ha perdido la esperanza.
Una comunidad que reza, pero permanece indiferente frente al sufrimiento de sus vecinos, corre el riesgo de transformar la religión en un discurso vacío.
Por ello, el mensaje dominical fue también un llamado a la solidaridad. Las familias no deben enfrentar solas sus batallas. La Iglesia, la sociedad y las instituciones tienen la responsabilidad de construir entornos donde ningún padre o madre tenga que elegir entre alimentar a sus hijos, atender una enfermedad o garantizar su seguridad.
NO RENDIRSE CUANDO TODO PARECE PERDIDO
Al concluir la celebración, la felicitación a los padres se transformó en una encomienda.
Ser padre no significa ser perfecto. Significa no abandonar la responsabilidad de amar.
Significa continuar cuando el cansancio pesa.
Buscar reconciliación cuando el orgullo divide.
Mantenerse cerca cuando un hijo se equivoca.
Y sostener la esperanza cuando las circunstancias parecen anunciar que ya no existe salida.
Desde la Catedral de Cuernavaca, monseñor Ramón Castro Castro recordó que la fe no impide que las tormentas lleguen, pero ofrece un punto firme para no ser arrastrados por ellas.
En este Día del Padre, su mensaje alcanzó tanto a quienes celebraron acompañados como a quienes atravesaron la jornada entre preocupaciones y ausencias.
A los padres que luchan en silencio.
A quienes temen no estar haciendo lo suficiente.
A los que lloran la pérdida de un hijo.
A los que buscan trabajo.
A quienes enfrentan una enfermedad.
A los que intentan reconstruir su familia.
Y a quienes sienten que ya no pueden más.
Desde el altar mayor volvió a escucharse la palabra que Jesús dirige a un corazón humano asustado:










